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Cómo iluminar bien una casa: por qué más luz no significa mejor iluminación

Cuando planteamos la iluminación de una vivienda hay una idea que se repite constantemente: que cuanta más luz haya, mejor. Más focos, más potencia, más puntos en el techo… como si una casa bien iluminada fuera aquella en la que no queda ni un solo rincón en sombra.

Para nosotros, una buena iluminación tiene bastante poco que ver con eso. Iluminar bien una casa no consiste en poner mucha luz, sino en poner la luz adecuada donde realmente la necesitamos.

Y esa diferencia, aunque pueda parecer pequeña, cambia por completo un proyecto.

En una vivienda, luz cálida

En nuestros proyectos elegimos siempre luz cálida para vivienda. Nos gusta cómo transforma los espacios, cómo acompaña los materiales y, sobre todo, la sensación que produce cuando cae la tarde y desaparece la luz natural.

La temperatura de color se mide en grados Kelvin y, para una vivienda, nos movemos normalmente en temperaturas cálidas, alrededor de los 2700K o 3000K. Pero más allá del dato técnico, lo importante es entender lo que provoca esa luz. Una madera, una tela, una piedra o incluso el color de una pared pueden cambiar muchísimo dependiendo de cómo estén iluminados.

Una casa es un lugar en el que queremos sentirnos cómodos. No buscamos la iluminación de una oficina, una tienda o una consulta. Buscamos una luz que acompañe la arquitectura y el interiorismo y que haga agradable estar allí.

Por eso tampoco entendemos la iluminación como algo que se decide al final de una reforma, cuando llega el momento de escoger las lámparas. La iluminación forma parte del proyecto desde el principio.

No hay que iluminarlo todo

Uno de los errores que vemos con más frecuencia es la tendencia a sobreiluminar. Parece que cualquier zona un poco más oscura necesita inmediatamente otro punto de luz.

A veces, durante un proyecto, un cliente nos dice: “Aquí hay poca luz”. Puede ser, por ejemplo, un pasillo que únicamente sirve para comunicar unas habitaciones, sin armarios, sin una zona de trabajo y sin ningún elemento que necesitemos destacar.

Entonces suelo hacer una pregunta bastante sencilla: ¿qué vas a hacer aquí? ¿Vas a sentarte a leer? ¿Vas a enhebrar una aguja?

Si la respuesta es no y simplemente vamos a atravesarlo para llegar de un espacio a otro, probablemente ese pasillo no necesite más luz. Necesita la suficiente para cumplir su función y para que resulte agradable pasar por él.

No todos los metros de una vivienda necesitan la misma intensidad, porque no hacemos lo mismo en todos ellos.

En una cocina necesitamos ver perfectamente la encimera sobre la que estamos trabajando. Frente a un armario necesitamos distinguir bien la ropa. Si tenemos un rincón de lectura, necesitaremos una luz concreta que nos permita leer cómodamente. Sobre una mesa de comedor querremos iluminar la mesa y lo que sucede alrededor de ella.

Pero eso no significa que todo lo demás tenga que estar igualmente iluminado.

De hecho, cuando iluminamos una vivienda de manera completamente uniforme ocurre algo que no nos gusta: todo se vuelve plano. Desaparecen los contrastes, se pierde profundidad y todos los elementos adquieren prácticamente la misma importancia.

Las zonas de menor intensidad y las sombras también forman parte de una buena iluminación.

No iluminamos habitaciones, iluminamos planos

Esta es una de las ideas que más utilizamos cuando proyectamos: más que iluminar espacios, iluminamos planos.

En lugar de empezar pensando cuántos focos necesita un salón de 30 metros cuadrados, preferimos pensar qué va a ocurrir dentro de ese salón. Dónde estará la mesa, dónde se va a leer, qué pared queremos destacar, si hay una librería, una obra de arte, una carpintería especial o algún material al que queramos dar protagonismo.

La luz puede dirigirse hacia una pared y hacer que cambie por completo la percepción de la estancia. Puede caer sobre una mesa, iluminar una librería, acompañar un cuadro o aparecer de manera indirecta desde una carpintería.

Y ahí está precisamente una de las diferencias entre tener luz y tener una iluminación pensada.

Por eso tampoco nos gusta resolver una casa únicamente colocando filas de focos en el techo. Evidentemente, la iluminación general tiene su función, pero no debería ser siempre la protagonista.

Nos gusta combinarla con lámparas de sobremesa, lámparas de pie, apliques, suspensiones sobre mesas, iluminación integrada en muebles o luces indirectas. Así conseguimos algo fundamental: que una misma habitación pueda tener distintas escenas dependiendo del momento.

Porque no necesitamos la misma luz para recibir gente en casa que para cenar, leer un libro o sentarnos en el sofá al final del día.

Una buena iluminación también sabe apagarse

Quizá una de las mejores maneras de saber si una casa está bien iluminada sea comprobar que no necesitamos encenderlo todo.

Podemos llegar al salón y encender únicamente una lámpara de sobremesa y un aplique. Durante una cena, quizá solo necesitemos la suspensión sobre la mesa y alguna luz ambiental. En otro momento necesitaremos una iluminación más general.

Esa posibilidad de elegir es lo que hace que la iluminación se adapte a nuestra forma de vivir y no al revés.

Por eso es tan importante pensarla antes de comenzar una obra. Cuando sabemos dónde estarán los muebles, qué uso tendrá cada zona, dónde empieza una mesa o dónde queremos colocar una obra de arte, podemos decidir correctamente los puntos de luz, los mecanismos y los distintos encendidos.

Si esperamos hasta el final para pensar en ello, muchas posibilidades ya estarán condicionadas por la instalación eléctrica, los falsos techos o la propia distribución.

En Parawée no empezamos un proyecto de iluminación preguntándonos cuántos focos caben en el techo. Empezamos preguntándonos qué va a ocurrir en cada lugar de la casa.

Después decidimos qué queremos iluminar, desde dónde, con qué intensidad y qué zonas pueden permanecer más tranquilas.

Porque una casa bien iluminada no es aquella en la que todo está lleno de luz. Es aquella en la que cada luz tiene un motivo para estar ahí.